Un Hermoso Lugar

Un Hermoso Lugar

martes, 14 de febrero de 2012

Noches oscuras.18

Desperté muy pegada al hombre al que cuidaba como ya empezaba a ser costumbre, me encantaba esa sensación al despertarme de sentirme protegida entre sus brazos. Me incorporé algo intranquila, había tenido unas extrañas pesadillas aquella noche con los murciélagos de la cueva, soñé que mientras dormía varios de ellos revoloteaban y que uno de ellos descendía hasta posarse sobre mi vientre, después ese ser crecía, le salían garras y largos dientes, su pelo se alargaba para cubrir todo su cuerpo y me miraba con esos ojos diminutos y sin visión, después con una de esas nuevas garras desgarraba mi cuerpo a la mitad. Había despertado medio sudando, pero la protección de los brazos de Siivet me había calmado de inmediato, aun así eché un rápido vistazo al techo para comprobar que la mayoría de los murciélagos habían salido de la cueva y que en el techo solo quedaban aquellas crías que aun no salían a cazar insectos. Mientras continuasen a esa distancia de mi no habría ningún problema.
Me quedé mirando un momento cómo todos a mi alrededor dormían, no había despertado nadie por el momento, era aun demasiado pronto, yo había despertado por culpa de las pesadillas. De todas formas no debía de quedar ya demasiado tiempo hasta que fuera la hora de despertar. Me levanté sin despertar a nadie, no quería molestarles si estaban descansando. Comencé a encender el fuego, al poco rato escuché a Siivet despertar, se revolvió un momento y para cuando se sentó a mi lado yo ya estaba echando las primeras ramas al fuego que empezaba a nacer. Me dio un beso en la mejilla antes de empezar a echar él también ramas a la pequeña hoguera.
- Te despertaste muy pronto - comentó al ver que los demás estaban aun durmiendo.
- Tu también - respondí intentando eludir una explicación.
- Yo me desperté al sentir que no estabas a mi lado, ¿Sucedió algo? - su mirada era de preocupación.
- No, simplemente tuve un mal sueño y me desperté - me rodeó con un brazo y no dijo nada, pero sentí que quería saber que tipo de sueño era - debí de escuchar a los murciélagos del techo revolotear a la noche y soñé con ellos, pero no es nada. - volvió a besar mi mejilla con cariño.
Poco a poco los lobos se fueron poniendo en pie y comenzando su rutina diaria de traernos carne para asar. Colocamos todo para que se pudiera asar, mientras esperábamos él me preguntó sobre cómo le había encontrado, quería saberlo todo, era comprensible, seguía sin recordar nada absolutamente y al menos quería conocer la parte de su historia que yo conocía. En los días anteriores no habíamos hablado demasiado, nos dedicábamos simplemente a observarnos. Le conté todo lo que había sucedido desde el momento en el que comencé a correr para ir en su encuentro hasta el momento en el que había despertado. Me escuchaba con una atención que jamás había visto, bebía de mis palabras, en verdad debía de ser lo más importante para él, necesitaba saber. Repartimos la carne una vez estuvo lista y todos regresaron a sus sitios o salieron a rastrear algo, nosotros nos quedamos aun en la cueva, ahora que ya conocía lo poco que yo le había podido contar sobre si mismo quería saber sobre mi, sobre cómo había llegado a vivir con los lobos, como era mi vida antes de encontrarles. Le hablé de la sociedad y de algunas de sus estúpidas normas, de cómo las veía yo en estos momentos, de todas sus trabas, restricciones y complejos, en el fondo me daba miedo estar contándole estas cosas ya que podía recordar la sociedad y decidir que lo correcto en realidad era lo que la sociedad decía y no lo que yo había decidido vivir, pero sus caras me decían que no podía creer aquellas cosas que le estaba contando, que él en verdad aprobaba mi forma de vida y que la otra era la que le parecía irracional e ilógica. En verdad me estaba sorprendiendo el cómo parecía comprenderme y me alegraba por ello, no iba a huir, no iba a alejarse de mi lado.
Cuando más o menos acabe de contarle todo me pidió que mirase la herida de su pecho, me dijo que le picaba. Aparté las vendas y no parecía haber ningún motivo para que le picasen, salvo el echo de que la herida parecía estar cerrándose, tal vez era hora de quitarle los puntos, igual el cuerpo estaba intentando expulsar los hilos y por ello le picaba.
- Voy a probar a quitar uno de los puntos - le dije - si veo que la herida parece empezar a abrirse de nuevo volveré a coserlo, y espero no tener que hacer eso, ahora no estás inconsciente. - Siivet asintió con la cabeza, parecía tenso ante la idea de que le quitase los puntos.
Se tumbó de nuevo sobre las mantas esperando a que yo me acercase con las tijeras que había esterilizado el otro día al hervirlas en agua. Me recosté apoyándome suavemente sobre su pecho, posando mi mano allí donde no había ninguna herida. Le notaba muy tenso, tal vez tenía miedo al dolor.
- Intenta relajarte - le dije mirándole un momento a los ojos.
Recordaba haber puesto un punto más pequeño en una de las esquinas del aspa, uno de esos de por si acaso no había cosido bien el resto, si la herida seguía abierta por cortar ese punto no debería de ocurrir gran cosa, solo que el siguiente se aflojaría un poco.
Lo encontré y con mucho cuidado corté el hilo, sentí que la piel se tensaba debajo, temí que la herida comenzase a abrirse pero pareció que la piel se había soldado bien. Corté el siguiente punto y tiré del trocito de hilo que ahora quedaba suelto, miré hacia él.
- ¿Duele?
- No demasiado, aunque es una sensación muy extraña y algo desagradable cuando has sacado el hilo. - no supe si seguir o no, no quería hacerle daño, no ahora que estaba despierto - Continua, si no se abre será mejor quitar ahora todas esas cuerdas.
Seguí cortando los hilos punto por punto, decidí no sacarlos hasta que tuviera todo cortado, no quería andar haciendo le sentir eso tan desagradable cada poco, mejor todos juntos al final. Veía como las nuevas cicatrices se iban tensando pero sin volver a abrir las heridas, era sorprendente lo rápido que había llegado a curarse. Al acabar de cortar los hilos empecé a tirar de ellos, algunos estaban más pegados que otros pero salían bien y aparte de sus caras de desagrado y los respingos que daba de vez en cuando no parecía haber ningún otro tipo de problema. Cuando termine con todas las cuerdas pasé una mano por su ahora limpio pecho, ya no había costras demasiado marcadas ni tampoco hilos que sobresalieran ni nada por el estilo. Tan solo aquella enorme cicatriz en forma de aspa en mitad de su torso. Volví a preguntarle si dolía mientras seguía acariciando con suavidad la gran aspa. Negó con la cabeza y sujetó mi mano, volvía a mirarme con aquella fuerza, con esos ojos dorados que tanto me desconcertaban.
Sonó el potente aullido de la gran loba, llamaba a todos a cazar, volví a hacer el amago de ponerme en pie, quería ir a cazar con ellos, a correr por los bosques, a conseguir mis propios alimentos, a ser de mayor utilidad para la manada. Vi como la loba me decía que aun no podíamos ir. Sabía perfectamente que Siivet no podía caminar con normalidad aun, mucho menos correr, debíamos seguir aguardando a que todas sus heridas sanasen.
Vimos marchar a todos los lobos y volvimos a quedarnos solos, pero esta vez no temía por que la noche fuera a ser tediosa, ahora al menos hablábamos, más bien yo le contaba cosas.
- ¿Podemos ir al río del otro día? - me preguntó de improviso - Quiero probar algo.
- Por supuesto que si, te vendrá bien andar y empezar a ejercitar un poco la pierna.
Se acercó a mi repentinamente y me besó, con mucha fuerza. Pero apenas duró, se separó de mi con una sonrisa y se puso en pie para que empezásemos a caminar. Me quedé unos segundos quieta sin levantarme, aquel beso me había dejado con ganas de más pero había prometido volver a llevarle hasta el río, así que acabé poniéndome en pie y emprendimos el camino.
Estaba contento y se le veía mucho más ágil, sus pasos eran algo más seguros y firmes, ya no cojeaba de la misma manera que dos días atrás. No paraba de observar todo lo que le rodeaba, parecía un niño descubriendo el mundo por primera vez, en verdad estaba descubriendo el mundo, sus recuerdos seguían sin volver. Parecía más emocionado por observar el camino hoy que la otra vez en la que habíamos ido hasta el río, tal vez la vez anterior los constantes dolores no le habían permitido regocijarse en el paisaje y ahora que estaba mejorando a pasos agigantados podía deleitarse con aquello que le rodeaba.
No le molesté, le deje observar todo mientras seguíamos el camino, tampoco él hablaba, tan solo sonreía y observaba. Pero no era un silencio incomodo, era agradable, cada uno absorto en sus pensamientos y en el bosque de nuestro alrededor.
El camino nos llevó por fin hasta el río, tan apacible como siempre, aquel remanso seguía transportándome a mi infancia, a aquellos años en los que nos bañábamos y jugábamos en él, habían pasado muchos años hasta que había vuelto a sumergirme en las aguas.
Sin decir nada, casi sin darnos tiempo a contemplar el lugar al que habíamos llegado emprendí una carrera y salté al agua, buceé unos segundos, yendo hacia la cascada como tanto me gustaba. Saqué la cabeza fuera del agua para respirar y seguir nadando hacia la cascada, cuando volví la mirada hacia la orilla él no estaba, no le vi por ningún lado, no se había quedado tan atrás como para que no le viera desde la pequeña cascada. No podía andar demasiado lejos. Llegué a la cascada y metí la cabeza debajo del agua que caía sin dejar de mirar a todos lados, buscándole con la mirada, me estaba empezando a preocupar. Estaba a punto de ir a buscarle cuando emergió unos metros más alejado del lugar en el que yo estaba. Vi cómo salía de debajo de las aguas y pasaba sus manos por la cara y por el pelo para retirar éste hacia atrás, casi parecía ir a cámara lenta mientras el agua resbalaba sobre su cuerpo.
Siguió nadando sin prestarme atención, parecía como si últimamente fuera yo la que lo observara a él constantemente en lugar de él a mi. Me sentía un poco como una acosadora, pero eso de nuevo no eran más que las leyes sociales implantadas en mi mente, ¿Porqué no debía de mirarle si era lo que deseaba? Además si a él no le importaba todo estaba bien.
Me gustaba cómo se sentía el pelo corto bajo el agua de la catarata, no se apelmazaba en los hombros y era mucho más fácil mojarlo en su totalidad. Nadé hacia él.
- ¿Qué es lo que querías probar? - pregunté acercándome sin ser vista. Se alteró y se hundió un momento, retornó a la superficie al instante y a mi me dio un ataque de risa.
- Pretendes ahogarme - dijo entre risas - cada vez estoy más seguro de ello. - eso hizo que dejara de reírme.
- Disculpa. - contesté aun sonriendo.
- Era broma - respondió a mi disculpa poniéndose algo más serio - quería probar si sabía nadar, el otro día te vi a ti y no tuve el valor de intentarlo, pero tenía la intuición de que si podía.
- Un recuerdo.
- No, simplemente una intuición, tal vez algo que mi cuerpo sabía pero yo no, al igual que hablar, se hablar aun sin recordar nada, conozco las palabras y algunas pocas cosas, pero no son recuerdos, son cosas que están grabadas en mi como algo fijo no como algo que se pueda olvidar.
Entendía a que se refería, eran memorias de su cuerpo no de su mente y lo que había quedado dañado era su mente.
- ¿Entonces puedes nadar? - pregunté acercándome un poco más hacia él.
- Bueno, creo que no tengo un gran estilo pero al menos no me ahogaré. - contestó nadando hacia una zona más profunda. Le seguí, flotaba de forma precaria, no estaba yo muy segura de que pudiera nadar a la perfección con las heridas que aun le quedaban.
- ¿Seguro que te mantienes bien a flote?
- Perfectamente - mentía.
- ¿Y si hago ésto? - pregunté agarrándome a su cuello y haciendo un poco de fuerza hacia abajo. Una persona que se mantuviera perfectamente a flote no se habría hundido, pero él si. Me reí con ganas.
No volvía a flote, ¿Hasta donde se había hundido? Me estaba empezando a preocupar, solo habían pasado unos pocos segundos pero yo creí que ascendería de la misma entre chapoteos, seguía sin ascender, ¿Y si le había hecho daño? ¿Y si ahora no podía volver a flote?
Algo sujetó mi pierna por el muslo y los gemelos y tiró de mi con fuerza hacia el fondo. Solté un grito ahogado antes de hundirme y tragar una gran cantidad de agua.
Volví de la misma a la superficie medio ahogada y tosiendo, ahora el que se reía a carcajadas era él mientras se alejaba un poco de mi.
- Sufrirás mi ira - le dije medio riéndome.
- Te asusté - dijo sin parar de reírse, tragó agua y empezó a toser pero seguía riéndose sin parar. A este paso se iba a ahogar él solo y yo perdería él privilegio.
Nadé todo lo rápido que pude para alcanzarle, pero parecía mejorar por segundos, lo de antes no era más que una pantomima para hacerme creer que no estaba tan bien como en realidad estaba.
- Tramposo - le grité intentando nadar más rápido. Conseguí agarrarle por un tobillo y tirar, pero él llegó a hacer pie con el otro pie y tuvo más fuerza que yo, tiró de mí y volví a hundirme.
Prácticamente me sacó del agua agarrándome por las axilas y pegándome contra él una vez fuera.
- ¿Así que soy un tramposo? - preguntó con una sonrisa sesgada abrazándome y pegándome contra su pecho, cómo se notaba que ya no le dolía, ahora aprovechaba para estrecharme con fuerza, y yo no tenía ninguna queja al respecto.
Rodeé su cuello con mis brazos y le besé.
- Si, eres un tramposo - contesté para volver a besarle sin darle tiempo a contestar.
Sus manos recorrieron mi espalda con suavidad. Sus besos, la caricia de sus manos, su olor, su misma presencia, todo, todo hacía que mi cuerpo despertase, le besé con mayor fuerza y me estreché más aun contra él. Recorrí su espalda con mis manos intentando esquivar los puntos que aun había en ella. Estando a solas con él me sentía libre, totalmente libre para hacer aquello que desease, no temía un nuevo ataque de mi lobo y podía concentrarme plenamente en sus besos, en sus manos recorriendo mi espalda. Me sujetó con fuerza por la cintura mientras me besaba con más pasión, toda mi piel estaba excitada y sensible, no quería separarme ni un solo centímetro de él. Sus manos en mi cintura tironeaban de mi pero sin llegar a atreverse a dar el paso. Separé mis labios de los suyos y comencé a besar su cuello, escuché como su respiración se aceleraba, sin despegarme de él acerqué mis labios a su oído.
- Súbeme. - pareció ser la palabra mágica.
Me alzó y yo rodeé su cintura con mis piernas, rodeaba su cuello con mis brazos. Pensé en que era una suerte que siguiéramos en el agua, si no, en su estado, no habría soportado mi peso o se habría hecho más daño. Volvimos a besarnos, sentía su necesidad, su deseo, como sus besos se volvían cada vez más apremiantes, más intensos. Me estaba volviendo loca, me agarré con fuerza de su pelo, casi clavé las uñas en su espalda, sus besos descendieron a mi cuello, descendieron a mis pechos, no pude evitar un gemido de placer, tampoco quise evitarlo. Ese sonido pareció excitarle más, sus manos me aferraron con más fuerza, casi me hacían daño, pero no me importaba, me encantaba sentir su necesidad por mi, me encantaba ser su centro de atención.
Dejó de besarme unos segundos para mirarme a los ojos, sus pupilas parecían brillar con aquellos tonos dorados. Comenzó a caminar conmigo aun en brazos para salir del agua. Noté el temblor de sus piernas cuando mi cuerpo quedó tan solo sujetado por su fuerza.
- Te vas a hacer daño - le dije sin soltarme de él.
- Tranquila, estaré bien. - respondió con un gruñido y continuando hacia la orilla.
Al salir del agua jadeaba, estaba cansado, estaba convencida de ello, aun así se quedó unos segundos en pie, mirándome a los ojos con fuerza, volvió a besarme y sujete su cara con mis manos, no quería perder más el contacto de sus labios. Sentí cómo se arrodillaba y me depositaba en el suelo con mucha suavidad, se recostó sobre mi y sus manos ascendieron desde mi vientre, muy lentamente, acariciando cada centímetro de mi cuerpo, con cariño. Se había separado un poco de mi y me miraba a los ojos contemplando cada una de mis reacciones ante el roce de sus dedos. Mi piel se erizaba, todo mi cuerpo vibraba, deseaba tenerle.
Estiré mis brazos y me agarré a él para volver a acercarle a mi. Volví a sujetar su cintura con mis piernas, recorrí su espalda con mis manos. Nuestros cuerpos pegados, su duro torso contra mi, el calor de su piel envolviéndome, todo era perfecto, todo él lo era, como jamás hubiera soñado. Descendí mis manos por su espalda y me topé con su pantalón, en ese instante detesté aquella prenda de ropa como jamás hubiera odiado nada en mi vida, hice que se separase un poco de mi solo para poder desatar el pantalón, él me ayudó a la hora de quitárselo.
Volvió a pegarse a mi en cuanto estuvo libre de aquella prenda, sentí su dureza muy cerca de mi, me estaba volviendo loca, le necesitaba tan intensamente que no lo creía posible, nunca había deseado algo de aquella manera. Sentí como una de sus manos se deslizaba por mi vientre, descendiendo cada vez más, todos sus movimientos eran lentos y suaves, delicados, haciendo que mi piel se erizase en cada punto que rozaban sus dedos.
Sus manos rozaron mis muslos y mis piernas, volviendo a ascender muy lentamente hacia mi entrepierna, aquella lentitud, aquella suavidad hacían que me excitase más que ningún otro contacto más íntimo. Seguía subiendo muy despacio, un movimiento casi inapreciable. Cuando me rozó casi grite, fue algo tan intenso y a la vez tan insignificante, algo tan sorprendente y nuevo pero que en verdad había experimentado tantas veces, era por él, sabía perfectamente que era por él, su presencia me hacía vivir todas las cosas de una forma más intensa más profunda, ahora más que nunca deseaba experimentar todo aquello con él. Sus dedos seguían jugando conmigo, enseñándome lo que es el verdadero placer, era una sensación única, me volvía loca y no podía controlarme a mí misma, quería devolverle las caricias, no quería ser la única que disfrutase de aquella situación, quería hacer que tocase el cielo a mi lado.
Solté su cuello y descendí mis manos por su torso acariciando cada centímetro de su cuerpo sin poder parar de jadear, sus dedos jugando dentro de mi cuerpo, hacían que apenas pudiera concentrarme en lo que yo quería hacer, parecía estar haciéndolo apropósito para que yo no pudiera hacer nada, aun así no me daría por vencida, tenía que hacerle disfrutar a él también. Seguí descendiendo y en el momento en el que por fin conseguí acariciarle todo él se aceleró, un gemido ronco brotó del fondo de su garganta, hizo que un escalofrío de placer recorriera todo mi cuerpo naciendo en mi vientre y llegando hasta la punta de mis dedos.
Enredó una de sus manos en mi pelo mientras con la otra volvía a recorrer todo mi cuerpo, muy pegado a mi de nuevo. Besé su cuello y dejé mis labios rodar por sus hombros. Me agarró con más fuerza. Sentí sus dedos de nuevo en mi ingle, después un estallido de placer recorriendo todo mi cuerpo, como electricidad recorriendo mis fibras a gran velocidad, casi sin darme cuenta había penetrado en mi, eramos uno, un único ser unido, estaba en mi interior. Se movía con fuerza, haciéndome disfrutar como nunca nadie lo había logrado, me aferré a su espalda, por un momento sentí los puntos de la herida bajo mis dedos, estaban muy tirantes, debía de estar doliéndole horrores al moverse, de seguir así podían llegar a desgarrarse, quise decírselo, quise pararle, pero seguía moviéndose de aquella forma en mi interior, seguía haciendo que todo mi cuerpo vibrase de aquella forma, no podía detenerle, no quería detenerle, quería seguir así eternamente porque aquello era el mismo paraíso. Escuchaba cómo sus gemidos se volvían cada vez más graves y secos, su espalda se iba arqueando y él agachaba la cabeza, no podía ver su rostro. Ahora estaba segura de que eran gemidos de dolor, entonces ¿Porqué no paraba? Fui a sujetar su rostro entre mis manos para que me mirase a la cara, para decirle que no era necesario que siguiese si se estaba haciendo daño, pero nada más rozar su rostro con mis dedos empujó mucho más fuerte dentro de mi, no pude hacer otra cosa más que gritar de placer, cerré los ojos un instante mientras escuchaba cómo gritaba él también, solo que lo suyo era de puro dolor. Abrí los ojos con rapidez, toda su columna se había arqueado y había alzado la cabeza hacia el cielo al gritar. Me miró, sus ojos relucían dorados, el sudor perlaba su frente, su cara estaba enrojecida. Un manto oscuro nos cubrió, ahora tan solo veía la luna tras su cabeza, el resto del cielo se había vuelto oscuridad, no llegaba a comprender lo que sucedía exactamente. Él volvió a pegarse a mi, me besó con infinita ternura, sus movimientos empezaron a ser más lentos pero no por ello menos placenteros, ya no escuchaba el dolor en su voz, estaba volviendo a disfrutar sin hacerse daño. Para mi era completamente distinto, era una sensación de unión perfecta, sus movimientos lentos me hacían sentir cosas que jamás había imaginado. Enterró su rostro en mi hombro, su pelo aun mojado calló sobre mi, acaricié su nuca con suavidad y me agarré de su hombro mientras él volvía a aumentar el ritmo.
¿Cuánto podía aguantar? ¿Cómo podía estar haciéndome sentir tanto? ¿Acaso era un ángel caído del cielo? Cuando él llegó al clímax yo estaba totalmente extenuada. Me abracé a la parte baja de su espalda y él se tumbó sobre mi. Nuestras respiraciones aun eran agitadas, él suspiró con fuerza y susurró a mi oído:
- Te amo. - me abracé a él con mucha más fuerza.
- Te amo - le respondí, pero ¿En verdad aquello era amor? y si lo era jamás había llegado a sentir algo tan intenso por nadie. Sentí un aleteo cercano, muy cercano. - ¿Qué fue eso? - pregunté sin moverme del sitio.
Él pareció ponerse nervioso, el manto negro seguía cubriéndonos, algo extraño sucedía. Se alzó sobre sus antebrazos y sujetó mi cara con ambas manos.
- No quiero que nada cambie. - parecía muy preocupado, casi asustado.
- Nada va a cambiar, ¿Qué sucede?
- Prométemelo, pase lo que pase, veas lo que veas.
- Lo prometo, pero estas empezando a preocuparme de verdad. - me apoyé en los antebrazos para alzarme un poco.
Él se arrodilló ante mi y yo quedé sentada frente a él, mirándole, había algo extraño y oscuro a su espalda.
- ¿Qué de... - dos alas negras, membranosas y enormes aletearon a su espalda, él me miraba con esa intensidad característica suya y con el miedo y el nerviosismo reflejados en su rostro.
Me asusté, intenté recular pero él se abalanzó para sujetarme por el brazo.
- Mis memorias regresaron. Pero no fue lo único que regreso. - me miraba suplicante para que no echase a correr, eran los mismos ojos que pusiera el lobo el segundo día en que escapé de él, de miedo a perderme, de no querer que me asustara de él.
Intenté calmarme, había prometido que no escaparía viese lo que viese, que nada cambiaría. ¿Porqué me asustaba? Seguía siendo él. Tan solo su aspecto físico había cambiado. No podía apartar los ojos de aquellas enormes alas de murciélago, sujetó mi mentón con una mano e hizo que le mirase de nuevo a los ojos.
- Soy yo, sigo siendo yo. - posé mi mano en su mejilla y le besé con cariño. Soltó todo el aire, como si hubiera estado conteniendo la respiración.
Miré de nuevo sus alas y acerqué muy despacio una de mis manos, quería tocarlas, si en verdad eran parte de él quería sentir su tacto. Él me miraba sin mencionar una palabra, el ala se acercó a mi y prácticamente me envolvió sin llegar a tocarme. Acerqué mis dedos hasta acariciarla con suavidad, era un tacto más suave que el del resto de la piel pero no estaban frías como yo había imaginado, eran cálidas, tenían la misma temperatura que el resto de su cuerpo.
- Me gustan - comenté más para mi misma que para él.
Me abrazó con fuerza y sus alas nos rodearon a ambos como una cúpula protectora. Me sentía bien entre sus brazos. Acaricié la base de sus alas, nacían justo del punto en el que tenía las cicatrices, en ese momento mi mente empezó a atar cavos. Lo que yo había arrancado de su espalda cuando lo encontré moribundo no eran ramas de árbol, eran trozos de aquellas alas partidas. Sabía que él tenía que haber llegado a la misma conclusión, me sentía fatal conmigo misma.
- Yo... cuando te encontré las...
- No importa, aquellas alas estaban muertas, de esta forma pudieron crecer nuevas. - no sabía si hablaba en serio o solo intentaba no preocuparme. Ahora llegaba el momento de las verdaderas preguntas.
- ¿Cuando aparecieron las alas? - creía saber la respuesta a aquella pregunta.
- En el momento que grité, creo que tuviste que notarlo. Dolía, la espalda me dolía como si me estuvieran desgarrando desde el interior y en verdad eso pasaba, las memorias volvían a mi mente por ráfagas, mi cabeza daba vueltas y el dolor me invadía por completo, el estar unido a ti era lo único que paliaba de algún modo los dolores, sentía que si paraba ese dolor me mataría. Y en el momento en que mi espalda se abrió creo que seguí con vida porque conseguí causar en ti el efecto contrario. - miré una de mis manos, estaba cubierta de sangre, casi toda su espalda estaba cubierta de sangre. Sus palabras eran ciertas.
- ¿Qué eres? - volvió a ponerse tenso, temía darme una respuesta.
- Demonio - contestó intentando sacar valor de alguna parte. Un aullido atravesó la noche, la gran loba nos llamaba para que regresáramos a la cueva, ya era hora de dormir, por la posición de la luna en el cielo deduje que ya tenían que haberse acostado todos. La loba nos llamaba para que no durmiéramos fuera.
- Vamos. - le dije poniéndome en pie, pero él me retuvo por un brazo. Seguía mirándome con aquella intensidad y aquella preocupación.
- ¿No tienes nada que decir? - parecía asustado ante lo que yo pensara.
Me arrodillé de nuevo ante él y coloqué una mano sobre su pecho, sobre su corazón.
- Sigues siendo tu, aquí dentro no has cambiado ni un ápice, tan solo a cambiado un poco tu exterior, no importa lo que seas, siempre y cuando sigas siendo tu. - deposité un beso en sus labios.
Nos pusimos ambos en pie y nos acercamos al río un momento para poder limpiar la sangre de su espalda, no había tanta como me había parecido a mi, pero aun asi era una gran cantidad. Él recuperó sus pantalones antes de comenzar a andar, sabía que tendría que volver a odiarlos en algún otro momento. Caminamos a la cueva, él rodeaba mi cintura con un brazo, sus alas se habían plegado en la espalda, tenía curiosidad por saber que envergadura podían alcanzar o si podría volar con ellas, tenía tantas cosas por preguntarle. Pero en ese momento las palabras no salían de mi garganta, llevaba la cabeza recostada sobre su hombro y me sentía extenuada, incluso demasiado como para hablar. Tan solo caminaba a su lado disfrutando de su presencia e intentando explicarme si todo lo que había sentido aquella noche era parte de su condición de demonio. Recordaba como en un momento había pensado que debía de ser un ángel, nunca pude haber estado tan equivocada...
Llegamos a la cueva, la mayoría de los lobos dormían ya, la gran loba nos esperaba despierta y al vernos entrar se recostó para dormir. Mi lobo gris estaba entre las mantas junto con los otros dos lobos que dormitaban, él en cambio nos esperaba despierto, al vernos estiró la cabeza sin llegar a levantarse. Ambos acariciamos su cabeza a modo de saludo y nos tumbamos a su lado. Cuando estuvo tumbado me recosté sobre su pecho y le besé con cariño, un beso de buenas noches. Nada iba a cambiar. Se durmió pronto abrazado a mi, él debía de estar más agotado de lo que yo estuviera, eso seguro.
- Te amo Elämä. - murmuró en sueños, no me había llamado así desde que me puso el nombre. Me gustaba como sonaba pronunciado por sus labios.
Me quedé dormida con un montón de preguntas dando vueltas en mi cabeza, si sus memorias habían vuelto había tanto que yo quería saber.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Quieres que acabe ya la portada y te la suba?? XD

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    2. coño despues de este comentario si me siento un poco presionada jajaja ya veras, mañana las clases me van a pasar flotando... XD

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